INTRODUCCIÓN

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JOAQUÍN GÓMEZ CARRILLO, escritor de Cieza (Murcia), España. Es el autor del libro "Relatos Vulgares" (año 2004), así como de la novela "En un lugar de la memoria" (año 2006). Ha publicado igualmente cuentos, poesías y relatos en revistas culturales, como "La Sierpe y el Laúd", "Tras-Cieza", "La Puente", "La Cortesía", "El Ciezano Ausente", "San Bartolomé" o "El Anda"; o en el libro editado por Vita Brevis titulado "El hilo invisible". Así mismo, participa como articulista en el periódico "El Mirador de Cieza" bajo el título genérico: "El Pico de la Atalaya" (antes "La República de Cieza"). Ha publicado en internet el "Palabrario ciezano y del esparto".

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11/10/17

La aventura de cumplir años

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Guillermo del Madroñal con nuestro amigo Fernando Galindo en el día de su 94º cumpleaños
En mi lejano recuerdo, a algunas mañanas de aquel frío invierno parecía costarles trabajo amanecer. Sin embargo, el hombre echaba los pies al suelo con el segundo canto del gallo, encendía la lumbre sobre el rescoldo, todavía caliente, de la noche anterior y, a la luz del candil, se sentaba en el rincón de la chimenea a elaborar enseres de esparto para el uso doméstico: capazos donde guardar los higos secos en el camaranchón, cestos con que recoger los frutos de la huerta o, simplemente, hacía pleita para serones. En seguida tocaban a la puerta los primeros leñadores que venían andando desde el pueblo, los cuales habían madrugado más que el día y se dirigían al monte a buscar su hacecico de leña (por entonces esta era el combustible único en la mayoría de los hogares, bien para cocinar los guisos, bien para espantar el frío junto a la lumbre en los meses duros del año). Estos pasaban a la casa y tomaban asiento frente a las llamas, y, tras calentarse con avidez sus manos ateridas, sacaba sus petacas de cuero y sus librillos y se ponían a liar un cigarro, mientras tanto escuchaban al hombre referir alguna historia, pues este siempre fue un magnífico narrador oral.

Luego, a penas empezaban a borrarse las telarañas de la noche y los pobres leñadores proseguían su camino hacia la Sierra del Ahorcado, el hombre tomaba su pico y su azadón y, con el lucero del alba visible aún sobre el horizonte, se ponía a trabajar en el descuaje de la nueva era. Se trababa de un proyecto que había comenzado tiempo atrás y que, sin más fuerzas que las de sus brazos y sin otras energías que su firme voluntad, pretendía culminar antes de que llegase la primavera.

La Casa Roja, donde el hombre vivía con su familia, se hallaba al final de todos los caminos, junto a la raya agreste de la montaña, a la que solo se podía subir por empinadas sendas de mulas. Y en la jerga de los notarios, existía cercana a la casa una “era de pan trillar”, un círculo no muy grande con el suelo de tierra apelmazada, donde su abuelo y su padre trillaron siempre la mies y aventaron con gran dificultad la parva, pues el viento del este nunca corría con la intensidad necesaria a la hora de separar el grano de la paja. De manera que un día del mes de julio anterior, con un sol de hierro fundido colgado del cielo y sufriendo en aquella era los desesperados marasmos del solano, el hombre concibió la idea de construir una era nueva en otra parte. Entonces pergeñó una molineta de caña y, usándola como “cataviento”, hizo pruebas en varios lugares de los ejidos hasta hallar el sitio idóneo, en donde el soplo de aire que se levanta en verano a partir de la hora del medio día era constante.

Así que tomó una soga de esparto de doce brazas de larga, clavó una estaca de madera en el punto elegido y, a modo de compás, trazó una gran circunferencia en el suelo, y, persignándose, comenzó a picar con ahínco. Allí, utilizando un viejo carretón minero que llevaba medio siglo en el desván, apartaba la tierra un lado a otro; mediante una barra de acero y aplicando la ley de la palanca de Arquímedes (“dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dijo el sabio), desplazaba grandes peñones; con un marro de picapedrero partía las piedras para construir la horma de contención del terreno, y, cuando afloraron unas rocas vivas que tenían raíces profundas como los icebergs de los océanos glaciares, el hombre contrató un barrenero para que las deshiciera con cargas de dinamita.

 Meses después, y una vez que el gran círculo excavado había ganado la horizontalidad, el hombre buscó una cantera de greda, a medio kilómetro de distancia, cavó durante días esta dura arcilla blanca, la molió y la trasportó después hasta su obra de la nueva era, en donde la esparció en una capa suficiente para proporcionar un buen firme. Seguidamente cavó aparte un hoyo redondo en el suelo, lo rellenó de hormigón y hierros de desecho, y, cuando estuvo fraguado a los varios días, excavó alrededor y rescató un cilindro, ligeramente troncocónico, de más de 600 kilos de peso, con el cual, enganchado a una bestia de tiro, fue rulando y compactando el piso de greda de la era hasta dejarlo liso, duro y perfecto.

Viendo entonces su obra acabada, el hombre tomó un buril y un martillo, y en una de aquellas enormes rocas que él había movido con denodado esfuerzo, grabó sus iniciales bajo la palabra “CONSTRUCTOR” y el año: “1960”. Y, como había sembrado trigo con su yunta de mulas por Todos los Santos y lo había segado a golpes de hoz por San Juan, lo acarreó hasta la nueva era y lo trilló por Santiago. Y el viento de la siesta, mientras se oía en los pinos el concierto de las cigarras, no dejó de soplar constante en el aventado, en el traspaleado y en el cribado del grano.

El hombre, que durante su larga vida ha conocido dos dictaduras, dos reinados, una república y una guerra, ha emprendido y culminado muchos otros proyectos. Y en la actualidad, comprometido siempre con la aventura de vivir, tiene como proyecto inmediato cumplir los 95 el año próximo.

El hombre es Guillermo del Madroñal, mi padre.
©Joaquín Gómez Carrillo

(Publicado en el semanario de papel "EL MIRADOR DE CIEZA"

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Cuentos del Rincón es un proyecto de libro de cuentecillos en el cual he rescatado narraciones antiguas que provenían de la viva voz de la gente, y que estaban en riesgo de desaparición. Éstas corresponden a aquel tiempo en que por las noches, en las casas junto al fuego, cuando aún no existía la distracción de la radio ni el entoncemiento de la televisión, había que llenar las horas con historietas y chascarrillos, muchos con un fin didáctico y moralizante, pero todos quizá para evadirse de la cruda realidad.
Les anticipo aquí ocho de estos humildes "Cuentos del Rincón", que yo he fijado con la palabra escrita y puesto nombres a sus personajes, pero cuyo espíritu pertenece sólo al viento de la cultura:
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* Tres mil reales tengo en un cañar
* Zuro o maúro
* El testamento de Morinio Artéllez
* El hermano rico y el hermano pobre
* El labrador y el tejero
* La vaca del cura Chiquito
* La madre de los costales
* El grajo viejo
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Frases para la reflexión:

"SE CREYÓ LIBRE COMO UN PÁJARO, Y LUEGO SE SINTIÓ ALICAÍDO PORQUE NO PODÍA VOLAR"

"SE LAMÍA TANTO SUS PROPIAS HERIDAS, QUE SE LAS AGRANDABA"

"SI ALGUIEN ES CAPAZ DE MORIR POR UN IDEAL, POSIBLEMENTE SEA CAPAZ DE MATAR POR ÉL"

"SONRÍE SIEMPRE, PUES NUNCA SABES EN QUÉ MOMENTO SE VAN A ENAMORAR DE TI"

"SI HOY TE CREES CAPAZ DE HACER ALGO BUENO, HAZLO"

"NO SABÍA QUE ERA IMPOSIBLE Y LO HIZO"

"NO HAY PEOR FRACASO QUE EL NO HABERLO INTENTADO"